Llega el final del día y hay algo que no te deja descansar: un asunto que tenías que haber resuelto y aún tienes pendiente. Si lo hubieras solucionado ya, no lo tendrías dándote vueltas en la cabeza y te sentirías mejor. Pero la tendencia a posponer es algo habitual y con gran frecuencia nos encontramos postergando algo cuando sabemos que no deberíamos. ¿Cómo hacer para cambiar este hábito?

Posponemos un asunto por muchas razones. A veces elegimos placer sobre disciplina. A veces es un intento de evitar algo negativo. A veces te paralizan las expectativas abrumadoras. En función de la causa, variará la estrategia que nos lleve a acabar con el molesto hábito de posponer. Veamos las más comunes:

 

1. LA TAREA NO ES URGENTE

Ya sea un mensaje que entra al teléfono o una fecha límite en el calendario, tendemos a prestar atención a lo que tenemos enfrente. Y si no es urgente es mucho más difícil darle prioridad. Desde organizar el trastero hasta comenzar una dieta, todos tenemos asuntos que siempre postergamos. Como resultado, tareas grandes y pequeñas quedan en la la lista de temas pendientes durante meses, incluso años.

Postergar algo tiene en realidad un significado evolutivo. Los seres humanos estamos preparados para considerar las necesidades del presente de una manera más intensa que las necesidades del futuro, un fenómeno llamado descuento temporal. El presente está delante de nosotros, así que le prestamos más atención.

Solución: Considera el panorama general.

El remedio, según un estudio en el Journal of Personality and Social Psychology, es: adopta una perspectiva más amplia en lugar de enfocarte en los detalles. Contempla las tareas cotidianas a través de una imagen más global.

Por ejemplo, si estás deseando volver a la universidad, pero nunca te decides, da un paso atrás y míralo en conjunto. ¿Qué significaría esto para tu vida? ¿Cuáles son tus valores y objetivos en torno a tu educación? ¿Cuál es el panorama general? Tener una nueva perspectiva puede poner en marcha el proceso de entrar en acción.

 

2. NO SABEMOS CÓMO EMPEZAR

Con gran frecuencia nos encontramos posponiendo un asunto porque no estamos seguros de cómo comenzar. Nos sentimos confundidos o desorganizados. No estamos seguros de cuál es el primer paso.

Este tipo de dilación no es tanto evitar la tarea como evitar la emoción negativa. A nadie le gusta sentirse incompetente o desorientado, así que quién puede culparnos por dirigir nuestra atención a Youtube o incluso limpiar el baño.

Solución: Analiza qué es lo prioritario

Al abordar un nuevo proyecto divídelo en pasos y empieza por el que consideres más importante o más urgente. No trates de priorizar todo a la vez. Limita el alcance de lo que te propones y toma una decisión que consideres eficaz. Una vez tomada la decisión comienza tan pronto como sea posible. Es importante aprovechar el impulso y empezar a cosechar las recompensas.

Algunas personas necesitan un apoyo externo que les ayude a pensar, así que, si es tu caso, no te lo pienses dos veces y habla con una amiga o coméntaselo a un compañero de trabajo. Seguramente te aportarán una valiosa perspectiva que te ayudará a arrancar.

 

3. LA TAREA NOS PARECE ABRUMADORA

Es normal sentirse abrumado ante un proyecto, sobre todo si no se ha realizado antes. Al comienzo es habitual que haya cambios de dirección y que no todo salga como se había previsto, pero cuando hay mala organización todo se retrasa más.

Las personas organizadas lo superan con más éxito porque utilizan listas de tareas y crean horarios. Pero incluso si eres organizado, es normal sentirte desbordado por una tarea que nos parece complicada.

Solución: Dar pequeños pasos

Divide los proyectos en pasos pequeños. Es mucho más fácil abordar un proyecto cuando tiene etapas que se completan rápidamente. Una vez que hayas dado algunos pasos iniciales en la dirección correcta puedes moverte más fácilmente y continuar hasta que hayas terminado. A medida que completes cada paso, probablemente te sentirás con más energía y motivación para realizar los demás. Una clave importante es dar pasos cortos y concretos que hayas establecido previamente. Pequeños pasos conducen a grandes resultados.

 

4. TENEMOS MIEDO AL FRACASO

Una pizca de perfeccionismo no es del todo mala. Después de todo, altos estándares conducen a un trabajo de alto nivel. Pero a veces ese rigor tiene el efecto contrario. Aplastamos nuestros proyectos, convencidos de que no hay manera de que podamos cumplir con el perfeccionismo que hemos establecido para nosotros mismos. Establecer altos estándares puede hacer que te detengas si consideras que el resultado está ligado a tu autoestima.

Solución: Desvincular el rendimiento y la autoestima.

Pregúntate: ¿hay alguna razón por la que crees que fracasarás o te irá mal, o que no eres lo suficientemente bueno? Es posible que el miedo sea infundado y lo más probable es que te vaya bien en tareas como la que te has propuesto. Pero ¿cómo saber si el miedo es racional o no? Solo hay una forma de averiguarlo: pruébalo. Realiza una pequeña prueba: comienza la tarea que te has planteado y espera a ver qué sucede. ¿Ha sido horrible?

Independientemente del resultado obtenido, ten siempre presente que hay mucho más valor en ti que tus logros: tu identidad, tus conocimientos, tus gustos, tus experiencias, los desafíos que ha superado, etc. Siempre recuerda la diferencia crucial entre quién eres y lo que logras.

 

5. NO QUEREMOS HACER NUESTRO TRABAJO

A veces, lo que se supone que debemos hacer es aburrido. Son las 3 de la tarde de un viernes y preferiríamos estar haciendo otra cosa.

Además, hay algunas tareas que nadie quiere hacer: la declaración de impuestos, sacar la basura, levantarse del sofá para ir a la cama…¿Qué hacer en este caso?

Solución: Medir y recompensar.

Hay tareas que son inevitables. En estos casos te ayudará usar bloques de programación y completar partes de la tarea en ráfagas cortas. Se recomiendan bloques de 25 minutos, pero tú decides qué duración funciona mejor para ti. Una vez completadas algunas de las tareas claves, recompénsate con algo pequeño, pero que sea significativo.

También es una buena idea buscar la hora del día en que piensas mejor o tienes más creatividad. Si es posible, evita realizar otras tareas durante esas horas para poder maximizar tu concentración y tu productividad.

Utilizar una estrategia para hacer frente a las tareas que por una razón u otra tiendes a posponer es una excelente manera de lograr tus objetivos eficientemente. Y, además, hará que llegues al final del día más relajadamente.

 

No pospongas más tus sueños, aquí tienes 3 pasos que te ayudarán a hacerlos realidad