Nélida Jiménez

Congresos como los de APIA (Asociación de Periodistas de Información Ambiental), celebrado en Madrid el 27-28 de noviembre, nos aportan una bocanada de aire fresco y, en medio de la emergencia ambiental, nos ofrecen relatos de la naturaleza y del medio rural que nos conectan con nuestros orígenes. Historias singulares, como la de María Sánchez, una veterinaria de campo, poeta y narradora, que reivindica el medio rural y el papel de las mujeres en este entorno.

Como veterinaria, María Sánchez recuerda la importancia del medio rural y la relación con las plantas y los animales. Como narradora y poeta reclama el valor de la palabra, esa palabra que durante siglos ha acompañado al ser humano en las labores del campo y que se ha ido olvidando. Como mujer rural, reclama su papel en una sociedad que orbita alrededor de las ciudades, donde mujeres como ella han sido doblemente marginadas: “por ser mujeres y por ser rurales”.

María Sánchez se emociona cuando habla del campo, el medio en el que desarrolla su labor cotidiana. Ha estado una semana acompañando a los pastores en la trashumancia, y le brillan los ojos cuando habla del tema, a pesar de las rudas condiciones. “Ha sido muy duro, la verdad. A mí no me gusta idealizarlo. Yo siempre insisto en que todo tiene un lado bueno y un lado malo. He estado una semana con muchísimo frío, la tienda de campaña el primer día no se podía abrir por la escarcha, a las 6 de la tarde se hacía de noche y no te vas a meter a esa hora en la tienda. Y ahí nacían las historias, porque encendíamos la lumbre, hacíamos la comida, salían canciones y nos contábamos historias”

 

Poeta y narradora

 

María Sánchez da un gran valor a la palabra. Colaboradora habitual en radio, medios digitales y escritos, reclama desde estos medios la identidad de las mujeres rurales, que fueron relegadas a una secundaria condición de acompañantes “¿Quién se preocupa de rescatar a nuestras abuelas y madres de ese mundo al que las confinaron, en miniatura, convirtiéndolas solo en compañeras, apartándolas de nuestra narrativa, y reduciéndolas a un aspecto insignificante?” se pregunta ella en su blog.

María no quiere ser voz de nadie, porque “todos tenemos voz, una voz propia y única. Una voz para contar nuestra historia” . Ella solo quiere ser altavoz, para “rendir homenaje al trabajo y al sudor de mujeres como nuestras abuelas y nuestras madres, que tanto trabajaron la tierra y que cargaron con la mochila de los cuidados domésticos a la sombra, en el más absoluto silencio”, declara. En su proceso de creación recuerda las palabras de la escritora Alana Portero, que vive como propias: “Somos emoción, conocimiento y narrativas. Lo que otra mujer me cuenta, me construye”. María Sánchez siente “las voces de otras genealogías como algo que mece, que reconforta, que cura”.

A la hora de hablar de reconocimiento del papel de la mujer en el campo afirma que ha sentido más machismo en el mundo cultural que en el mundo rural. “Ya nos estamos quitando ese sentimiento, pero ha pesado mucho ser de pueblo, decir: soy pastor, trabajo con las manos, esas manos dudas de trabajar la tierra, ser campesino, porque hay que reivindicar la palabra campesino. Y duele”.

Tras publicar su primer poemario, Cuaderno de Campo, una reflexión sobre la familia, una inquietud le asaltó: ¿Dónde están las historias de las mujeres del campo? “Hay multitud de historias, y las que están detrás de esas historias, y ahí me voy a las mujeres, sus nombres, ¿cómo eran? ¿qué les gustaba?, no sé absolutamente nada. Esa genealogía ¿donde está?”. De ese interrogante nació Tierra de mujeres, un ensayo sobre la mujer en el campo que parte de su experiencia personal. Y de las mujeres de su propia familia, que le aportan una visión de su propia identidad.

Inquieta y creativa, además de su labor como poeta y narradora, coordina el proyecto Las entrañas del texto, en el que invita a reflexionar sobre el proceso de creación, y Almáciga, un pequeño vivero de palabras del medio rural . “Me encanta recuperar palabras del medio rural. Es cultura y patrimonio de todos”. La almáciga, según explica María Sánchez es el sitio en el huerto donde se dejan germinar las hortalizas y se dejan crecer para que cojan fuerza antes de transplantarlas definitivamente. “En un momento de mi vida me di cuenta, trabajando como veterinaria en el campo y con mi misma familia, que hablábamos idiomas diferente. Había momentos en que, mi abuela, mi familia, usaban palabras que había oído siempre y yo no sabía el por qué de esas palabras. También trabajando en el campo, con mis pastores, mis cabreras, decían palabras que no sabía lo que significaban, así que las busqué en el diccionario de la RAE y me di cuenta de que esas palabras ¡no existían! Y si aparecían, tenían un significado diferente. Decidí llamar al proyecto almáciga, por ser un lugar donde cobijarlas y darles fuerza”. El año próximo se publicara el libro junto con una página web . “No quiero que sea un proyecto cerrado, quiero que siempre esté creciendo y que la gente siga aportando sus palabras, porque tenemos una cultura viva, brutal y no quiero que se pierda”, declara.

Activa, cálida y entusiasta, María Sánchez nos devuelve la mirada hacia un modo de vida que una vez sentimos como nuestro y que cada vez vemos más lejano, un modo de vida primigenio y necesario que, de ninguna manera, podemos dejar escapar.